EL ENCANTO DE LA PÉRDIDA

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La vida. Pérdidas. A veces son inevitables los inventarios. Supongo que lo importante es no perderse. Llenos de laberintos, cuando no tenemos luz, es decir, cuando falta lucidez, esa oscuridad que llevamos dentro se amplia y nuestro recorrido se vuelve una pesadilla. No miramos contra qué nos chocamos y nos paralizamos. Y de pronto, de la nada, casi sin esperarlo, sacamos una luz interior que nos hace ver el camino. Y nos damos cuenta que ese camino no nos gusta. Es como un flash con su efímera duración. Si no somos veloces y no somos capaces de ver el panorama podemos perder. Porque de alguna manera es como dicen eso que llaman **éxito** , un ascensor que se abre y se cierra rápido y si no entramos raudos, perdemos.

Pero hay algo de placer en la pérdida. Todo lo que viene después se da como una oportunidad, sobre todo para aquellos que lo hemos perdido todo. Y es que, ¿Se puede perder todo? Si. ¿Se puede ganar todo? Si. Si lo creemos claro, si no, no. ¿Y acaso no es la vida un conjunto de creencias y descreencias?

Alguna vez entré a mi departamento y todo lo que había recopilado en una treintena de años se había hecho humo. El robo incluyó la perniciosa palabra TODO. El impacto fue demoledor. Nuca me recuperé. Felizmente olvidé las cosas perdidas. Pero ya no volví a ese lugar nunca más. Debe ser como presenciar un ex paraíso.

No cuento en las pérdidas a los seres queridos. Esa pérdida lleva el castigo del recuerdo, sobre todo los felices, que vienen siendo los más dolorosos.

Sobre las ganancias. Pudor. Da cierta vergueza decir lo que uno posee. Acaso una ilusión, pero se dice que el mundo interior, en lo que respecta a su riqueza nos sostiene, sobre todo, cuando uno no se ha caído del todo.

Columna *Otro ángulo*
Fernando Olea

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